La Difamación de la sangre
El mito más grande ha sido la Difamación de la Sangre, o sea la creencia que judíos asesinan no judíos (especialmente cristianos) a fin de utilizar su sangre en la Pascua Judía y en otros ritos religiosos. Esta difamación ha sido una de las máximas expresiones de crueldad e histeria en masa en la historia humana. Generalmente la pauta era la siguiente: se hallaba un cadáver (generalmente de un niño, usualmente alrededor de la Pascua Judía), los judíos eran acusados de haber cometido el crimen para utilizar la sangre, los rabinos más importantes o los lideres de la comunidad era detenidos y torturados hasta que confesaban haber sido los responsables, y el resultado era la expulsión de toda la comunidad, la tortura de la mayoría de sus miembros o su exterminación. Generación tras generación, Judíos fueron torturados en Europa, y comunidades judías fueron masacradas o dispersadas a causa de esta difamación.
A pesar de que los primeros casos ocurrieron en Inglaterra, las difamaciones de sangre fueron un estricto fenómeno de la Edad media. En el año 1144, un niño llamado Guillermo (William) fue encontrado muerto en Norwich, y se acusó a los judíos locales de “haber comprado al “niño mártir” antes de la Pascua Judía y de haberlo torturado con las mismas torturas sufridas por nuestro señor, y haberlo crucificado el Viernes Santo por odio hacia nuestro Señor”. El motivo de tortura y muerte de niños cristianos en imitación al sufrimiento de Jesús persiste con leves variaciones a lo largo del siglo XII. En el caso del Pequeño San Hugo de Lincoln (Little Saint Hugh of Lincoln) (1255), el crónico Matthew Paris relata “que el Niño fue primero engordado durante diez días con pan blanco y luego ... casi todos los judíos de Inglaterra fueron invitados a la crucifixión”. Esto fue el eco de un mito pagano (ver Damócrito y Apion en nuestra segunda clase)
En España el mito fue incluido en la legislatura: “Hemos oído decir que en ciertos lugares el Viernes Santo los judíos roban niños y les ponen en la cruz a fin de burlarse” (“Siete Partidas” Código, 1263).
Ha habido unos 130 casos de Difamación de Sangre. Se extendieron desde Inglaterra hasta Italia y España, y luego hacia el Este. En tiempos modernos ha tenido lugar especialmente en Rusia y en Polonia. En general, Alemania ha liderado, como en muchos otros aspectos de judeofobia. Un tercio de las difamaciones de sangre han tenido lugar en Alemania, las más recientes bajo el régimen nazi (Memel, 1936, y Bamberg, 1937). Una edición especial de ‘Der Stürmer’ del 1 de Mayo del 1934 ha sido totalmente dedicada a este mito. Fuera de Alemania, tuvieron lugar otros cuatro casos durante el siglo XX.
El primero de estos cuatro fue el caso Hilsner. Thomas Masaryk, el fundador y primer presidente de la Checoslovaquia moderna adoptó la posición de “no defender a Hilsner (un vagabundo de baja inteligencia de 22 años de edad), sino de defender a los cristianos contra la superstición”. Fue atacado por la muchedumbre y sus clases en la universidad fueron suspendidas por demostraciones de estudiantes en su contra. Este asunto despertó en toda Europa una campaña judeofóbica, conducida por Ernst Schneider, el “especialista” vienes en difamación de sangre. Las difamaciones crearon un estereotipo judío satánico. El judío detesta la pureza, desdeña la inocencia y la bondad del niño cristiano. De acuerdo con el monje alemán Caesarius de Heisterbach “el niño canta, los judíos son incapaces de soportar esta elogiosa y pura canción, le cercenar la lengua y acuchillan a pedazos”.
La difamación ha sido repetida en la literatura y en las artes. Un siglo después de la expulsión de los judíos de Inglaterra el motivo cultural constituyo la trama del “Relato previo” de Geoffrey Chaucer, donde los Judíos obedecen a su maestro satánico y asesinan a un niño. En España, libros apoyando la difamación han sido publicados por los mejores escritores virtualmente en cada siglo, por ejemplo: Rodrigo de Yepes (16th c.), Lope de Vega (17th c.), José de Canizares (18th c.), Gustavo Adolfo Bécquer (19th c.), y Romero de Castilla (20th c.).
De acuerdo con lo relatado por los ciudadanos de Trnava en 1494 los Judíos creían que “la sangre de un cristiano era un buen remedio para la herida de la circuncisión... que esta sangre introducida en la comida despierta el amor mutuo...es una medicina para la menstruación que entre los judíos es sufrida tanto por hombres como por mujeres... cuentan con una antigua orden secreta de almacenar diariamente sangre cristiana en uno u otro lugar...”
Repetimos, el problema no era que la Iglesia dispersaba la difamación. Al contrario, generalmente se oponía, igual que la mayoría de los gobernantes. Después de la difamación de Fulda en1235, en la cual los judíos fueron acusados de haber llevado la sangre de cinco niños cristianos para propósitos médicos, el emperador Federico II de Hohenstaufen decidió aclarecer definitivamente el asunto. Si la acusación demostraba ser verdadera, todos los Judíos del imperio debían ser matados. Sino, serían públicamente exonerados. Su investigación se convirtió en un problema cristiano. Siendo que las autoridades de la Iglesia con las cuales consultó no eran capaces de decidir sobre el asunto dado a su ignorancia respecto a judaísmo, un sínodo de conversos fue convocado y sus conclusiones fueron publicadas por el Emperador. “No se ha hallado no en el Antiguo Testamento ni el Nuevo que los Judíos sienten ansias de sangre humana. Al contrario, evitan la contaminación con cualquier tipo de sangre...Aquellos para quien es prohibida aún la sangre de los animales permitidos, no pueden desear sangre humana. Contra esta acusación se erige su crueldad, es que sea tan antinatural”. Unos pocos años más tarde el Papa Inocencio IV escribió que “Cristianos acusan falsamente que los judíos mantienen un rito de comunión con el corazón de un niño asesinado; y si da la casualidad que se halla en cualquier lugar el cadáver de un hombre muerto, maliciosamente les cargan con la culpa”.
No la palabra del emperador ni la del Papa ha sido tenida en cuenta. Acusaciones han aparecido y las masacres continuaron. La Iglesia trató de ponerles un fin con su ambivalencia característica. Los niños muertos fueron considerados mártires y venerados como tales. Ejemplos son San Hugo de Lincoln, el Sagrado Niño de la Guardia y Simón de Trento. Cada año durante siglos los cristianos veneran la memoria de aquellos “mártires”que supuestamente han sido asesinados por judíos sedientos de sangre.
La difamación de La Guardia ha ocurrido en la víspera de la expulsión de España. Conversos fueron torturados hasta confesar que con el conocimiento del Gran rabino los Judíos se habían reunido en una cueva, crucificado a un niño, se habían abusado de él y le habían perjurado de la misma manera que se hizo con Jesús. El motivo de la crucifixión explica porque las difamaciones de sangre ocurrían en la época de la Pascua Judía.
De los muchos casos en Italia, Trento fue particularmente infamo. En 1475 el fraile Bernardino da Feltre anunció que “los pecados de los judíos serán prontamente manifestados a todos”. Unos pocos días más tarde, un Jueves Santo, un niño llamado Simón desapareció y su cuerpo fue rápidamente hallado cerca de la casa del líder de la comunidad judía. Toda la comunidad fue arrestada, incluyendo mujeres y niños. Diecisiete de ellos fueron torturados durante dos semanas hasta que “confesaron”. Algunos judíos murieron durante las torturas, los pocos que se convirtieron al cristianismo fueron estrangulados, y los otros quemados en la hoguera. Sus bienes fueron confiscados. La corte papal que investigó el asunto en 1476 justificó la difamación, Sixto IV endorsó la “legalidad” del juicio y el mártir Simón fue beatificado.
Tras este éxito, el fraile Bernardino urdió escenarios similares en Reggio, Bassano y Mantua. Instigó la expulsión de los judíos de Peruggia, Gubbio, Ravenna, Campo San Pietro. Sus últimas víctimas fueron los judíos de Brescia en 1494, el año de la muerte de Bernardino, y poco después de morir fue beatificado. Han pasado cinco largos siglos hasta que la Iglesia retiró la beatificación de simón.


